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Cero logros

A veces simplemente estoy triste, sin un motivo aparente detrás. Como cuando ves el cielo despejado y de la nada cae lluvia, así.

Y lleno de cartas con preguntas tu buzón, y no obtengo ninguna de vuelta, ninguna.

¿Hay algo de malo con querer que se me termine la vida hoy mismo, sin pensar en lo que pueda provocar temporalmente en los otros?

Todos superan, todos olvidan, el tiempo limpia y finalmente las cosas duras pasan y se sanan.

Una muerte no mata.

Fogata en la Bilbao

He guardado silencio ante mi propia pregunta,

cuando no me había callado ante tu silencio.

¿Por qué buscar la validación de un mundo que crucificó a un hombre perfecto?

Habacuc

Entre una maraña de ansiedades, desesperanza, culpa y vergüenza, te he pensado con el alma gritando desgarrada por ayuda.

Yo sé que estás en el mismo cuarto, justo en la pared de frente, con la visión de las cosas más claras y amplias, como cualquier ser omnisciente que va y se planta en silencio abrumador a metro y medio mío. Y yo pregunto ¿hasta cuándo? Y tú me dices ¿hasta cuándo preguntarás?

Sé que dije que quería ser el ciego, pero he de reconocer que no me la puedo. Y así, de esta forma triste y patética, asumo mi error.

Si vas a quitarme todo, por favor, que en mi boca resuene un «aunque», y sean higueras secas, sean majadas sin ovejas, sean labrados muertos, sean días miserables, sean lágrimas y llantos en el balcón, sean ataques de pánico y angustia, sean pensamientos de muerte… antes resuene ese «aunque», sea lo que sea.

21 de Enero

Gracias por hoy, o por ayer en verdad.

Por haberme cuidado en mis pasos, y por haber cuidado a quienes amo. Por poder haber sonreído hoy, haberte recordado… Gracias por aparecerte en medio camino, diciéndome que me amas, y con letras tan gigantes que no podía evitar verlas.

Sé que no he sido bueno, y sé que he sido falto. Pero si en algo te he agradado, por favor, mira mi necesidad, y reconforta mi espíritu con tu amor. No necesito más que eso.

Gracias por hoy, Papá.

Algarrobas II

No puedo cambiar, lo asumo. No agrado, no congenio, y no perduro. Tal vez tengo chispazos, pero la verdad es que no lo logro, por ningún método.

Puedo entender que restauras, pero me cansé de mí mismo y no dejarme restaurar. Me cansé de rendirme cada vez por enésima vez, creyendo que será la última, y no lo es. Y he llegado a este punto, de crisis, de colapso, donde no descanso y no hay paz, con el permanente miedo de que lo poco que me queda también se vaya.

Estoy cansado de mí, y es, cada minuto que pasa, más pesado este traje de piel y huesos que arrastro.

Soy el pródigo, que sigue siendo pródigo, y que seguirá siendo pródigo, sabiéndose pródigo, sin poder dejar de ser pródigo.

Afán

El espacio entre palabras, ese silencio que nadie nota, pero todos transitan en la verbalización de sus ideas.

El milisegundo sin respirar luego de exhalar, con los pulmones vacíos antes de llenarlos de nuevo.

El intertanto, lleno de estrés, antes de seguir.

La lluvia de Dios III

Un día, no recuerdo la hora exacta, mi cielo se plagó de nubes y comenzó la más grande de las tormentas, o al menos de las que he visto en plena primavera.

Se auguraba – me dijeron – y de seguro durará.

Crecí donde la lluvia es familiar, y donde los pies mojados no enferman, pero tuve que re-acostumbrarme a esta inclemencia, porque cada gota que caía era como lanzada con furia, tanto que poco a poco mi piel era carne viva.

Pasaron los meses y hasta el más docto de los astrólogos predecía una infinidad de años de temporal. Y ahí me detuve, en la noche más triste del huracán, en el suelo a diez mil metros bajo el agua, sollozando lo que me quedaba de fe.

Guardaba entre mis manos y un retazo de tela el pan que alimentaba a quien iba conmigo, pero se deshizo en humedad.

Si puedo preguntarte, ¿cuánto tiempo más?